Uno de cuatro
Amanece.
Como cada mañana le asalta la misma duda. No sabe si levantarse. ¿Para qué?
Para seguir durmiendo con los ojos abiertos. Para fingir que aquello le está
sirviendo de algo. Para creer que le saldrá bien. Para oir hablar de estúpidos
isoprenos activados. Y se levanta. Está despierta pero no lo parece. No anda;
arrastra los pies. No habla; gruñe. Piensa. Piensa todo el tiempo. Vuelve el
agobio, los nervios, las prisas. El olor de las tostadas le hace olvidar por un
momento. Prisas de nuevo. No puede perder el autobús. No ahora que se ha
levantado. Ve pasar la misma calle interminable una vez más. Se la sabe de
memoria. Está harta de esa calle larga. Y sin embargo hoy quería que no acabara
nunca. No quería llegar. Pero llega. Maldito 7c2. Cruza el mismo paso de cebra.
Evita ser atropellada por los coches que vienen con tanta prisa. Atraviesa el
mismo aparcamiento, las mismas escaleras, el mismo pasillo. La misma puerta.
Maldito edificio. Y se sienta en el sitio de siempre. Suficientemente lejos para
desconectar. Suficientemente cerca para ver la mitad superior de la pantalla.
Maldita sala mal hecha. Hoy ha venido antes. Esperaba ese olor. Ese mal olor.
Pero lo esperaba con ganas. Esperaba curiosear las entrañas de algún
desconocido. Esperaba una lección en carne y hueso. Y no. No hay olor. No hay
entrañas. No hay carne ni hay hueso. Un maniquí despiezado es todo lo que tiene
que mirar. Un estúpido trozo de plástico. Aun así lo intenta. Tiene 20 minutos
para recordar lo poco que pudo retener la noche anterior. Poco. Muy poco.
Demasiado poco. Vuelve desanimada y enciende el ordenador. Intenta prestar
atención pero hoy resulta imposible. Solo quiere dormir. Pero no dormir en una
cama que no es la suya. Una cama prestada. Una habitación prestada. Una casa
prestada. Una ciudad prestada.
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